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Encontramos excusas con una facilidad asombrosa. Nos cuesta muy poco autoconvencernos con excusas disfrazadas de motivos: cansancio, falta de tiempo… y un largo etcétera componen la lista de nuestras excusas. Y mientras, entre excusa y excusa, encontraremos otras cosas que nos roben el tiempo y nos tapen los ojos y nos hagan creer que realmente estamos muy ocupados: ponemos la mesa, ordenamos las carpetas del escritorio del ordenador, nos vamos a la ducha, nos liamos entre redes sociales y correos electrónicos …

¿Alguna vez te has planteado por qué hacemos esto con tanta frecuencia?

En parte, forma parte de nuestra naturaleza. Cuando algo nos gusta, mantenemos la motivación. Sin embargo, cuando vemos una tarea como algo tedioso o desagradable, tendemos a posponerlo.

Hacemos lo mismo con las tareas que requieren de mucho tiempo… Cuanto más tiempo pensamos que nos costará realizar la tarea, más excusas encontraremos para posponerla. Y lo hacemos porque nuestra naturaleza nos hace subestimar el tiempo que requieren las tareas que nos parecen agradables, y sobreestimar el tiempo que deberemos invertir en aquello que no nos gusta tanto.

Otro de los motivos que nos llevan a procrastinar sin control es que la tarea sea difícil o complicada. Y en este caso la tarea no tiene por qué ser desagradable. Quizá se trata de un proyecto muy interesante e incluso entusiasmarnos la idea, pero si consideramos que es complicado, puede llegar a desbordarnos y recurrimos de nuevo a la postergación.

Uno de los grandes frenos que ponemos a nuestro propio avance es el miedo al fracaso. Y la manera más fácil de apaciguarlo, es postergando, porque así evitamos la posibilidad de fracaso.

 

Evidentemente esto es sólo una forma temporal de evitar un posible fracaso que lo único que nos aportará es una pérdida de tiempo. Y es que, si nos mantenemos en la dinámica, lo que nos espera es infinitamente peor que la posibilidad de equivocarnos: nos espera un fracaso definitivo.   Como es lógico, procrastinar, postergar continuamente, lleva implícitos sentimientos de culpa porque en el fondo somos conscientes de que no estamos actuando de la mejor manera. Nos fallamos, nos decepcionamos a nosotros mismos.

¿Qué hacer para acabar con la procrastinación?

Pon el foco en los resultados

No pienses en el proceso de realización de la tarea en sí. Pon todo el foco en el objetivo, el los resultados, en cómo te sentirás cuando lo logres. Con lo que quieres conseguir en mente, visualizándolo, será más fácil motivarte y lograr que pases a la acción. Una vez que des los primeros pasos, no querrás quedarte a mitad del camino…

Si te desborda, mejor por partes

Si el proyecto es demasiado grande, demasiado complejo, ¡divídelo! Comienza a separar las diferentes etapas del mismo hasta que logres verlo viable sin que te desborde… Realiza un plan de acción detallado que puedas seguir y consultar en cualquier momento. Y luego, comienza a dar lo primeros pasos y el camino se irá abriendo a medida que avances…

Ponte horarios

Es muy importante que establezcas momentos específicos de tiempo en los que trabajarás en esos proyectos. E igual de importante que respetes los horarios que te pongas. Si lo haces, no tardarás en ver los avances…

Pasa a la acción, ¡YA! Pasar a la acción será lo que marque la diferencia entre una vida exprimida al máximo y camino al éxito y «lo que pudo haber sido».

¡No dejes que la procrastinación te robe tus sueños!