Cerrar el año desde cero para liderar mejor el que viene
Diciembre siempre llega con una mezcla curiosa de cansancio y lucidez. El calendario se agota, las agendas se vacían poco a poco y, casi sin darnos cuenta, aparece una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué ha significado realmente este año para mí como directivo y como persona?
Después de muchos años acompañando a directivos en procesos de reflexión profunda, he comprobado algo que se repite con frecuencia. La mayoría analiza el año desde el resultado, no desde el aprendizaje. Y ese matiz lo cambia todo.
Quiero proponerte una idea que utilizo a menudo en mis procesos de coaching: considerar el año que termina como un cero. No como algo negativo, sino como un punto neutro desde el que observar con claridad. Partir de cero nos permite dejar de juzgar y empezar a comprender.

El error habitual al hacer balance
A finales de año solemos preguntarnos si cumplimos o no los objetivos. Ventas, proyectos, ascensos, decisiones estratégicas. Sin embargo, ese análisis se queda corto y, en muchos casos, no sirve para crecer.
He visto muchas veces a directivos frustrados por no haber alcanzado ciertas metas, aunque hayan trabajado con rigor y coherencia. También he visto casos opuestos, donde se celebran resultados sin entender qué los hizo posibles. Ambas situaciones esconden el mismo riesgo: no aprender nada útil para el futuro.
Los resultados, por sí solos, no explican nada. Son la consecuencia visible de una ecuación mucho más compleja.
Eventos, resultados y acciones no son lo mismo
Para hacer un balance honesto conviene separar tres niveles que a menudo confundimos.
Los eventos son hechos que ocurren al margen de nuestro control. Un cambio regulatorio, una reestructuración, una crisis externa o una decisión tomada por otros. No podemos provocarlos ni evitarlos.
Los resultados surgen de la combinación de nuestras acciones, factores externos y, en ocasiones, simple azar. Tienen valor informativo, pero requieren contexto.
Las acciones, en cambio, son el único territorio que controlamos al cien por cien. Incluyen lo que hacemos, lo que decidimos no hacer y cómo reaccionamos ante lo que ocurre.
En algunos procesos de coaching he vivido situaciones muy reveladoras. Dos directivos con resultados similares llegaban a conclusiones opuestas. El que se centraba en los eventos se sentía víctima. El que analizaba sus acciones encontraba margen de mejora y recuperaba el control.
La coherencia entre lo que querías y lo que hiciste
Un buen cierre de año empieza con una pregunta incómoda pero poderosa: ¿hubo coherencia entre mis intenciones y mis acciones?
No se trata de reprocharse nada. Se trata de observar con honestidad. Las agendas, los correos y las decisiones cotidianas suelen contar una historia más precisa que cualquier informe anual.
Pregúntate qué objetivos tenías al inicio del año y qué hiciste de forma concreta para acercarte a ellos. Identifica también los momentos en los que te desviaste. No para juzgarte, sino para entenderte.
Cuando un directivo comprende por qué actuó como actuó, gana libertad para elegir distinto la próxima vez.
Logros y desafíos como fuente de información
Celebrar los logros no es un gesto superficial. Es una forma de reforzar comportamientos que merecen continuidad. Incluso los avances pequeños indican que algo se hizo bien.
Con los desafíos ocurre algo parecido. Un resultado adverso no siempre es una señal de fracaso. A veces revela decisiones valientes, intentos necesarios o aprendizajes que solo llegan cuando algo no sale como esperábamos.
En algunos procesos he visto cómo un “mal año” escondía decisiones estratégicas muy acertadas, cuyos frutos llegarían más tarde. El problema no fue el resultado, sino la interpretación.
El impacto más allá de los números
Cada vez más directivos se preguntan por su impacto real. No solo en términos económicos, sino humanos y sociales. Esa reflexión va mucho más allá del voluntariado o la sostenibilidad.
Tiene que ver con cómo lideras, cómo escuchas, cómo decides y qué cultura generas a tu alrededor. Tu impacto se mide también en las conversaciones que provocas y en las personas que haces crecer.
Revisar este aspecto suele abrir preguntas profundas. ¿A quién ayudé a avanzar este año? ¿Qué tipo de clima generé en mi equipo? ¿Qué comportamientos reforcé sin darme cuenta?
Los aprendizajes que de verdad importan
El verdadero valor del balance anual aparece cuando identificas qué has aprendido sobre ti mismo. No solo nuevas competencias técnicas, sino patrones de pensamiento, reacciones emocionales y hábitos de decisión.
He visto muchas veces cómo un solo aprendizaje bien integrado cambia la forma de liderar durante años. Ese aprendizaje casi nunca surge de un éxito rotundo, sino de una dificultad bien analizada.
Por eso siempre recomiendo cerrar el año con una pregunta sencilla y honesta: ¿qué hice bien? Incluso en los momentos difíciles, siempre hay alguna acción rescatable que merece ser potenciada.
Mirar al próximo año desde las acciones, no desde los objetivos
Cuando pensamos en el año que viene solemos formular nuevas metas. Sin embargo, los objetivos no generan resultados por sí solos. Son las acciones repetidas, los hábitos y el estilo de liderazgo los que marcan la diferencia.
Definir metas es útil, pero solo si van acompañadas de decisiones concretas sobre cómo quieres actuar. Qué conversaciones vas a tener, qué prioridades vas a proteger y qué comportamientos vas a dejar atrás.
En mi experiencia, los directivos que crecen de forma sostenida no son los que fijan mejores objetivos, sino los que revisan con más honestidad sus acciones.
Cerrar el año para avanzar con claridad
Cerrar el año desde cero no significa olvidar lo vivido. Significa liberarlo de juicios innecesarios para extraer aprendizaje real. Cuando asignas valor a lo que puedes controlar, recuperas energía y enfoque.
Si el propósito es liderar con más calma, coherencia y satisfacción, el balance anual se convierte en una herramienta poderosa. No para hacer inventario del pasado, sino para diseñar con intención el futuro.
Porque al final, no lideras mejor por lo que consigues, sino por lo que aprendes de cómo lo consigues.


