Hay una palabra que debería sonar más fuerte que “digitalización”, “automatización” o “IA”. De hecho, debería provocar más conversación que cualquier otra etiqueta de moda. Esa palabra es procesos humanos.
Porque la transformación, sea cual sea el apellido que le pongamos, no ocurre en las herramientas. Ocurre en los grupos humanos. Y cuando digo “grupos humanos” no hablo solo de equipos. Hablo de líderes, comités, culturas, hábitos, conversaciones difíciles, decisiones repetidas y silencios que se vuelven norma.
Si no entendemos esto, seguiremos confundiendo movimiento con avance. Y lo que es peor, seguiremos alimentando una sensación muy común: la de vivir en la rueda de la aceleración inalcanzable.

Transformación no es un proyecto, es una inteligencia que se entrena
Muchos planes de transformación se diseñan como si fueran una implantación técnica. Se elige una plataforma, se definen hitos, se mide adopción, se “comunica el cambio” y se cruza los dedos.
Sin embargo, la transformación real se sostiene con una inteligencia que va de adentro hacia afuera. Primero cambia la forma de pensar, después cambia la forma de trabajar. Y no al revés.
Por eso, cuando acompaño a directivos en procesos de cambio, veo un patrón que se repite. El mercado aprieta, el entorno se mueve y la organización responde con más velocidad, más reuniones y más herramientas. Pero el núcleo no evoluciona.
Y ese núcleo es simple de nombrar, aunque exigente de entrenar: reflexionar, aprender, reaprender, cuestionar y reabordar.
Si no cuestionas tus propios automatismos, cualquier técnica te sirve solo un rato. Llegas a un tope rápido. Y entonces te frustras, o fuerzas, o culpas al equipo, o vuelves a comprar otra solución.
Técnica sin adaptabilidad es una carrera corta
Una organización puede formar a su gente en metodologías, en sistemas, en frameworks. Puede incluso hacerlo muy bien. Pero si no desarrolla capacidades internas para adaptarse, la mejora se vuelve frágil.
Sin herramientas internas para adaptarnos, la técnica se queda sin recorrido. Funciona hasta que el contexto cambia. Y el contexto está cambiando todo el tiempo.
Aquí aparece una distinción que conviene tener presente:
- La técnica se aprende.
- La adaptabilidad se entrena.
- El pivoteo se practica.
- La mentalidad se trabaja.
Cuando una empresa domina herramientas pero no entrena adaptabilidad, vive pendiente de lo que pasa fuera. Va siempre “apagando fuegos”. Y eso agota a cualquiera, especialmente a quien lidera.
Si no desarrollas adaptabilidad y capacidad de pivoteo, siempre estarás reaccionando. Y reaccionar de manera constante tiene un coste invisible: reduce el pensamiento de calidad.
Cuando el pensamiento no evoluciona, la reacción se convierte en cultura
El mercado pide agilidad, foco, capacidad de anticipación y criterio. Pero el entorno también mete ruido, urgencias y presión. Si el pensamiento no se actualiza al mismo ritmo, caes en una trampa.
Esa trampa es conocida: la de correr mucho para llegar siempre tarde.
Si tus habilidades de pensamiento no evolucionan con lo que pide el entorno, entras en la rueda de la reacción. Y esa rueda no se “gana” con más velocidad. Se rompe con más claridad.
Aquí hay tres habilidades que, en mi experiencia, marcan una diferencia enorme en directivos y equipos:
- Pensamiento crítico para distinguir señal de ruido.
- Pensamiento sistémico para ver consecuencias y conexiones.
- Pensamiento reflexivo para aprender sin necesidad de romperte antes.
Sin estas habilidades, cualquier cambio se vive como amenaza. Y cualquier herramienta nueva se vuelve otro motivo para estar un paso por detrás.
Creatividad e innovación, muy exigidas y poco cultivadas
Durante años, la creatividad se ha convertido en una palabra talismán. Se menciona en planes estratégicos, se pide en entrevistas y se celebra en eventos. Pero se practica poco.
Y aquí la contradicción es evidente: exigimos creatividad e innovación, pero damos poco espacio sostenido para que ocurran.
La creatividad no aparece por decreto. Tampoco aparece solo con talento. Aparece cuando hay condiciones: tiempo de pensamiento, margen para probar, seguridad para equivocarse y un método para convertir ideas en resultados.
Si una organización solo recompensa la ejecución rápida y penaliza el error, no innova. Repite lo conocido con mayor presión.
La creatividad necesita continuidad para volverse sostenible. Si la tratas como un sprint ocasional, no genera frutos. Genera chispazos. Y los chispazos no construyen futuro.
El proceso no compite con el resultado, lo hace posible
Hay un malentendido frecuente. Cuando alguien defiende el proceso, parece que renuncia a los resultados. En realidad, sucede lo contrario.
El proceso es el fundamento que hace que el resultado sea consistente. Y además lo hace evolucionable, creciente y expansivo.
El resultado puede ser brillante una vez. El proceso permite repetirlo, mejorarlo y ampliarlo. Por eso, cuando una empresa se obsesiona con métricas sin cuidar el camino, logra números… pero pierde aprendizaje.
Y cuando pierde aprendizaje, pierde autonomía. Empieza a depender de “fórmulas” y de “gurús”. Se vuelve vulnerable.
En cambio, cuando el proceso existe y se cuida, el resultado deja evidencias. Se puede explicar. Se puede enseñar. Se puede escalar.
IA y tecnología, el debate está mal enfocado
Te confieso algo: también veo mucha saturación alrededor de la IA. Hay un exceso de titulares, predicciones y ansiedad. Pero la cuestión no es si la IA “sirve” o “no sirve”. La cuestión relevante es otra.
La tecnología es contundente cuando se teje en la forma en la que hacemos las cosas.
Ahí está el punto. No en la herramienta, sino en el tejido. En los hábitos. En las decisiones. En las preguntas que se hacen antes de ejecutar. En cómo se coordina el trabajo. En cómo se comparte información. En cómo se evalúa lo que funciona.
A menudo, cuestionamos la tecnología como si fuera un objeto externo. Pero el impacto real aparece cuando se integra en el sistema de trabajo. Y ese sistema es humano.
El potencial no reside en la herramienta. Reside en el tejido. En lo que cambia cuando esa herramienta entra en el día a día. Y en si el grupo humano tiene capacidad de aprender mientras ejecuta.
Mira tu tejido si te sientes en aceleración constante
Si sientes que tu agenda te arrastra, que el cambio nunca acaba y que siempre vas tarde, no mires solo “lo de fuera”. Mira tu tejido.
Te propongo cinco preguntas que funcionan como espejo. Son simples, pero no son cómodas:
- ¿En qué momentos tu equipo se detiene a reflexionar antes de actuar?
- ¿Qué hábitos repetís por inercia, aunque ya no aporten valor?
- ¿Dónde se bloquea el aprendizaje: en el miedo, en el ego o en la prisa?
- ¿Qué parte del trabajo depende de coordinación humana y no de herramientas?
- ¿Qué conversaciones estáis evitando y a qué precio?
La rueda de la aceleración inalcanzable se alimenta de procesos humanos pobres. No de falta de inteligencia. No de falta de ganas. Sino de falta de tejido.
Y el tejido se repara con práctica, no con discursos. Se fortalece cuando el líder crea condiciones. Y se consolida cuando el equipo aprende a pensar mejor juntos.
Lo que puedes hacer desde mañana sin cambiarlo todo
No necesitas un gran programa para empezar. Necesitas un gesto sostenido. Uno que indique dirección.
- Reserva un espacio semanal para revisar aprendizajes, no solo tareas.
- Reduce un 20% de reuniones y protege el tiempo de pensamiento.
- Define una regla de pivoteo: qué se mantiene, qué se ajusta y quién decide.
- Crea un pequeño laboratorio de mejora continua con pruebas de bajo riesgo.
- Entrena preguntas: menos respuestas rápidas y más preguntas útiles.
Si haces esto con constancia, el cambio deja de ser una amenaza. Se convierte en competencia.
Y entonces la transformación, con el apellido que tenga, empieza a ser lo que debería ser: una forma de evolucionar sin romperte.
Si sientes que vives en la rueda de la aceleración inalcanzable, mira tu entorno humano. Ahí empieza todo.


Un directivo no produce solo con sus manos. Produce a través de decisiones, prioridades y conversaciones. Tu agenda es el sistema nervioso de tu equipo. Si tú vives en urgencia, tu organización respira urgencia, es normal y cuanto antes te des cuenta de ello mejor.
1) Prioridad significa renuncia
Aquí no quiero darte inspiración, más bien quiero darte herramienta. Si aplicas esto durante cuatro semanas, notarás el cambio.
Me gusta hablar de señales porque son fáciles de reconocer. Si te dices alguna de estas frases, estás entrando en el modo equivocado:
Para hacer un balance honesto conviene separar tres niveles que a menudo confundimos.
Un buen cierre de año empieza con una pregunta incómoda pero poderosa: ¿hubo coherencia entre mis intenciones y mis acciones?
Celebrar los logros no es un gesto superficial. Es una forma de reforzar comportamientos que merecen continuidad. Incluso los avances pequeños indican que algo se hizo bien.
Cada vez más directivos se preguntan por su impacto real. No solo en términos económicos, sino humanos y sociales. Esa reflexión va mucho más allá del voluntariado o la sostenibilidad.
El verdadero valor del balance anual aparece cuando identificas qué has aprendido sobre ti mismo. No solo nuevas competencias técnicas, sino patrones de pensamiento, reacciones emocionales y hábitos de decisión.
Cuando pensamos en el año que viene solemos formular nuevas metas. Sin embargo, los objetivos no generan resultados por sí solos. Son las acciones repetidas, los hábitos y el estilo de liderazgo los que marcan la diferencia.
Los responsables de talento lo repiten una y otra vez: el rendimiento de estos profesionales no difiere del que ofrecen los perfiles más técnicos. La diferencia está en el enfoque con el que abordan sus tareas.
Durante años, muchos estudiantes de humanidades asumieron que el sector tecnológico estaba vetado para ellos. Hoy, esa idea se desmorona. Aunque requieren una formación adicional, muchas compañías ya incorporan programas específicos para preparar estos perfiles.
En muchas sesiones de coaching he visto cómo estas habilidades elevan el rendimiento de todo un equipo. Entre ellas destacan:
Una parte esencial del trabajo en análisis de datos consiste en interpretar y dar sentido. No basta con generar dashboards impecables si nadie entiende qué significan. Ahí es donde los perfiles de comunicación, filología o periodismo aportan un valor diferencial.
En esta nueva era laboral, gobiernos, empresas y educación forman un triángulo de oro del que depende nuestra adaptación al futuro. Ninguno puede quedarse al margen. La recualificación y la mejora continua de competencias ya no son opcionales. En algunos procesos de coaching con altos ejecutivos, suelo plantear una pregunta incómoda: “¿En qué has invertido más tiempo este año, en aprender o en mantenerte ocupado?”
Hay dos grandes grupos de habilidades que seguirán siendo indispensables: las manuales y las profundamente humanas.
El liderazgo de hoy exige algo que podríamos llamar “inteligencia aumentada”: la capacidad de integrar la tecnología sin perder la humanidad. Los datos ayudan, pero la interpretación sigue siendo un acto profundamente humano.
La inteligencia artificial ha acelerado la necesidad de repensar el talento dentro de las organizaciones. Cada vez más compañías planifican sus plantillas en función de las habilidades y no solo de los puestos. Este cambio de paradigma es crucial: el trabajo deja de ser un rol estático y se convierte en un conjunto dinámico de capacidades en evolución.
Otro tema candente es la relación entre IA y tiempo. ¿Nos hará trabajar menos? La reducción de jornada depende más de la organización que de la tecnología. No obstante, hay algo cierto: la IA puede liberarnos de tareas mecánicas y devolvernos espacio mental para lo importante.
El futuro del trabajo no será una lucha entre humanos y máquinas, sino una alianza entre ambos. Pero la clave seguirá estando en las habilidades que nos hacen únicos: la empatía, la curiosidad, la ética, la visión de conjunto.
En la escuela aprendemos a leer, escribir y hablar. Pero nadie nos enseña a escuchar. Sin embargo, la escucha es la base de toda relación profesional sólida. No se trata solo de oír palabras, sino de prestar atención con intención, comprender el contexto, captar emociones y responder con empatía.
Decimos a menudo que liderar es inspirar. Y es cierto. Pero no se puede inspirar sin comprender. Y no se puede comprender sin escuchar de verdad. Escuchar con el cuerpo, con los ojos, con la atención puesta en lo que el otro está viviendo.
La escucha activa es una de las habilidades blandas más valoradas en el liderazgo actual, pero también una de las más subestimadas. Porque exige algo que escasea: presencia. Estar, de verdad, en el momento.
Porque pensar es más rápido que hablar. Nuestra mente va varios pasos por delante de la conversación, y mientras el otro se explica, nosotros ya estamos buscando soluciones, respuestas o caminos de salida. Sobre todo si hemos sido educados para resolver problemas, como les ocurre a muchos perfiles técnicos o ejecutivos.
¿Has notado cómo algunas personas captan la atención en una sala sin apenas decir nada? Eso es carisma. Y una de las claves del carisma es la capacidad de escuchar con presencia total.
Una investigación de THT Multilatina lo deja claro: el 36% de los empleados considera el salario emocional como el factor más importante para comprometerse con su empresa. Esto incluye flexibilidad, reconocimiento, oportunidades de crecimiento y sentido de pertenencia. Le siguen el trato digno (19%) y la formación continua.
Según un informe de McKinsey, los modelos híbridos que promueven la autonomía y el equilibrio personal no solo mejoran la retención, sino que pueden incrementar los ingresos de la empresa hasta en un 35%. Pero no se trata solo de teletrabajo: lo que realmente fideliza es la cultura que se respira.
Cada vez más organizaciones están descubriendo que las
En España, el 92% de los empleados demanda modelos con presencia del teletrabajo y el 64% de los padres y madres afirma que tiene dificultades para conciliar. La flexibilidad ya no es un beneficio, es un elemento clave para decidir quedarse o marcharse.
La respuesta no es sencilla, pero hay varios factores:
En algunos procesos de coaching he visto cómo directivos pasan entre el 40% y el 60% de su jornada en reuniones, muchas de ellas prescindibles. Una clienta me decía: “cuanta más gente hay en una reunión, más se tiende al debate y menos se resuelve”. Y es cierto. La reunión deja de ser herramienta de decisión para convertirse en tertulia sin rumbo.
Los directivos más eficaces del mundo no tienen una fórmula mágica, pero sí aplican con rigor algunas prácticas clave. Vamos a verlas.
Revisa tu agenda semanal y elimina al menos una reunión innecesaria.
He acompañado a directivos que, al prepararse para entrevistas clave, me confesaban: “si cuento este error, parecerá que no soy competente”. Y yo siempre les digo lo mismo: reconocer un fallo no te hace débil, te hace creíble. Lo que verdaderamente marca la diferencia es cómo lo gestionaste y qué hiciste después para que no volviera a ocurrir.
Otro punto crítico es cómo hablas de tus experiencias laborales anteriores. Este aspecto, que muchos pasan por alto, es una de las claves que más valora un reclutador experimentado. Hablar mal de un jefe, de un equipo o de la empresa en general transmite una señal inequívoca: falta de autocrítica.
Uno pensaría que llegar muy temprano a una entrevista es sinónimo de responsabilidad. Y sí, en parte lo es. Pero exagerar también puede ser contraproducente. Llegar 30 minutos antes puede generar incomodidad y denotar ansiedad. Lo más recomendable es estar en el lugar entre 10 y 15 minutos antes. Ni más, ni menos.
En un entorno donde las entrevistas se hacen tanto presencialmente como por videollamada, cuidar los detalles de tu presentación es más relevante que nunca. No se trata de llevar ropa de marca, sino de transmitir profesionalismo: una camisa limpia, fondo neutro si estás en remoto, y eliminar distracciones como chicles, gafas de sol o colonias invasivas.
Una de las señales más graves en una entrevista es revelar información sensible sobre empleos anteriores. Muchas veces sucede sin mala intención: se quiere mostrar experiencia o justificar decisiones pasadas. Pero los límites se cruzan con facilidad.
Hace unos años, la idea de hacer una entrevista de trabajo con un chatbot sonaba a ciencia ficción. Hoy, es una práctica común en empresas que han adoptado soluciones de video recruitment. Algunas, como Leroy Merlin o Crédit Agricole, piden a los candidatos que graben sus respuestas ante la cámara. Un software analiza las palabras, el tono y hasta las expresiones faciales.
Los beneficios no se limitan a la eficiencia. Gracias al uso de algoritmos avanzados, algunas consultoras como Randstad ya están analizando decenas de miles de currículos al día. Pero no se quedan solo en las competencias técnicas. También se miden indicadores no verbales, como el estrés, la ansiedad o el nivel de atención durante una entrevista en vídeo.
Aquí es donde el entusiasmo tecnológico debe encontrar su equilibrio. Porque por más eficiente que sea una IA, hay elementos que no puede captar: la calidez de una mirada, la autenticidad de una emoción o la pasión con la que una persona habla de su experiencia.
En el fondo, la clave no está en elegir entre humanos o máquinas, sino en diseñar procesos donde ambos aporten lo mejor de sí. La IA puede encargarse de lo repetitivo, de cribar miles de perfiles, de sugerir candidaturas. Pero la decisión final debe seguir siendo humana, apoyada en la experiencia, la empatía y la capacidad de evaluar la compatibilidad entre personas y culturas corporativas.
El mensaje es claro: la inteligencia artificial no viene a sustituirnos, sino a potenciarnos. Para los equipos de recursos humanos, el reto está en integrar esta tecnología sin perder la humanidad que debe caracterizar todo proceso de selección.