Hay una palabra que debería sonar más fuerte que “digitalización”, “automatización” o “IA”. De hecho, debería provocar más conversación que cualquier otra etiqueta de moda. Esa palabra es procesos humanos.

Porque la transformación, sea cual sea el apellido que le pongamos, no ocurre en las herramientas. Ocurre en los grupos humanos. Y cuando digo “grupos humanos” no hablo solo de equipos. Hablo de líderes, comités, culturas, hábitos, conversaciones difíciles, decisiones repetidas y silencios que se vuelven norma.

Si no entendemos esto, seguiremos confundiendo movimiento con avance. Y lo que es peor, seguiremos alimentando una sensación muy común: la de vivir en la rueda de la aceleración inalcanzable.

procesos humanos.

Transformación no es un proyecto, es una inteligencia que se entrena

Transformación no es un proyecto, es una inteligencia que se entrenaMuchos planes de transformación se diseñan como si fueran una implantación técnica. Se elige una plataforma, se definen hitos, se mide adopción, se “comunica el cambio” y se cruza los dedos.

Sin embargo, la transformación real se sostiene con una inteligencia que va de adentro hacia afuera. Primero cambia la forma de pensar, después cambia la forma de trabajar. Y no al revés.

Por eso, cuando acompaño a directivos en procesos de cambio, veo un patrón que se repite. El mercado aprieta, el entorno se mueve y la organización responde con más velocidad, más reuniones y más herramientas. Pero el núcleo no evoluciona.

Y ese núcleo es simple de nombrar, aunque exigente de entrenar: reflexionar, aprender, reaprender, cuestionar y reabordar.

Si no cuestionas tus propios automatismos, cualquier técnica te sirve solo un rato. Llegas a un tope rápido. Y entonces te frustras, o fuerzas, o culpas al equipo, o vuelves a comprar otra solución.

Técnica sin adaptabilidad es una carrera corta

Una organización puede formar a su gente en metodologías, en sistemas, en frameworks. Puede incluso hacerlo muy bien. Pero si no desarrolla capacidades internas para adaptarse, la mejora se vuelve frágil.

Sin herramientas internas para adaptarnos, la técnica se queda sin recorrido. Funciona hasta que el contexto cambia. Y el contexto está cambiando todo el tiempo.

Aquí aparece una distinción que conviene tener presente:

  • La técnica se aprende.
  • La adaptabilidad se entrena.
  • El pivoteo se practica.
  • La mentalidad se trabaja.

Cuando una empresa domina herramientas pero no entrena adaptabilidad, vive pendiente de lo que pasa fuera. Va siempre “apagando fuegos”. Y eso agota a cualquiera, especialmente a quien lidera.

Si no desarrollas adaptabilidad y capacidad de pivoteo, siempre estarás reaccionando. Y reaccionar de manera constante tiene un coste invisible: reduce el pensamiento de calidad.

Cuando el pensamiento no evoluciona, la reacción se convierte en cultura

Cuando el pensamiento no evoluciona, la reacción se convierte en culturaEl mercado pide agilidad, foco, capacidad de anticipación y criterio. Pero el entorno también mete ruido, urgencias y presión. Si el pensamiento no se actualiza al mismo ritmo, caes en una trampa.

Esa trampa es conocida: la de correr mucho para llegar siempre tarde.

Si tus habilidades de pensamiento no evolucionan con lo que pide el entorno, entras en la rueda de la reacción. Y esa rueda no se “gana” con más velocidad. Se rompe con más claridad.

Aquí hay tres habilidades que, en mi experiencia, marcan una diferencia enorme en directivos y equipos:

  1. Pensamiento crítico para distinguir señal de ruido.
  2. Pensamiento sistémico para ver consecuencias y conexiones.
  3. Pensamiento reflexivo para aprender sin necesidad de romperte antes.

Sin estas habilidades, cualquier cambio se vive como amenaza. Y cualquier herramienta nueva se vuelve otro motivo para estar un paso por detrás.

Creatividad e innovación, muy exigidas y poco cultivadas

Creatividad e innovación, muy exigidas y poco cultivadasDurante años, la creatividad se ha convertido en una palabra talismán. Se menciona en planes estratégicos, se pide en entrevistas y se celebra en eventos. Pero se practica poco.

Y aquí la contradicción es evidente: exigimos creatividad e innovación, pero damos poco espacio sostenido para que ocurran.

La creatividad no aparece por decreto. Tampoco aparece solo con talento. Aparece cuando hay condiciones: tiempo de pensamiento, margen para probar, seguridad para equivocarse y un método para convertir ideas en resultados.

Si una organización solo recompensa la ejecución rápida y penaliza el error, no innova. Repite lo conocido con mayor presión.

La creatividad necesita continuidad para volverse sostenible. Si la tratas como un sprint ocasional, no genera frutos. Genera chispazos. Y los chispazos no construyen futuro.

El proceso no compite con el resultado, lo hace posible

El proceso no compite con el resultado, lo hace posibleHay un malentendido frecuente. Cuando alguien defiende el proceso, parece que renuncia a los resultados. En realidad, sucede lo contrario.

El proceso es el fundamento que hace que el resultado sea consistente. Y además lo hace evolucionable, creciente y expansivo.

El resultado puede ser brillante una vez. El proceso permite repetirlo, mejorarlo y ampliarlo. Por eso, cuando una empresa se obsesiona con métricas sin cuidar el camino, logra números… pero pierde aprendizaje.

Y cuando pierde aprendizaje, pierde autonomía. Empieza a depender de “fórmulas” y de “gurús”. Se vuelve vulnerable.

En cambio, cuando el proceso existe y se cuida, el resultado deja evidencias. Se puede explicar. Se puede enseñar. Se puede escalar.

IA y tecnología, el debate está mal enfocado

IA y tecnología, el debate está mal enfocadoTe confieso algo: también veo mucha saturación alrededor de la IA. Hay un exceso de titulares, predicciones y ansiedad. Pero la cuestión no es si la IA “sirve” o “no sirve”. La cuestión relevante es otra.

La tecnología es contundente cuando se teje en la forma en la que hacemos las cosas.

Ahí está el punto. No en la herramienta, sino en el tejido. En los hábitos. En las decisiones. En las preguntas que se hacen antes de ejecutar. En cómo se coordina el trabajo. En cómo se comparte información. En cómo se evalúa lo que funciona.

A menudo, cuestionamos la tecnología como si fuera un objeto externo. Pero el impacto real aparece cuando se integra en el sistema de trabajo. Y ese sistema es humano.

El potencial no reside en la herramienta. Reside en el tejido. En lo que cambia cuando esa herramienta entra en el día a día. Y en si el grupo humano tiene capacidad de aprender mientras ejecuta.

Mira tu tejido si te sientes en aceleración constante

Si sientes que tu agenda te arrastra, que el cambio nunca acaba y que siempre vas tarde, no mires solo “lo de fuera”. Mira tu tejido.

Te propongo cinco preguntas que funcionan como espejo. Son simples, pero no son cómodas:

  1. ¿En qué momentos tu equipo se detiene a reflexionar antes de actuar?
  2. ¿Qué hábitos repetís por inercia, aunque ya no aporten valor?
  3. ¿Dónde se bloquea el aprendizaje: en el miedo, en el ego o en la prisa?
  4. ¿Qué parte del trabajo depende de coordinación humana y no de herramientas?
  5. ¿Qué conversaciones estáis evitando y a qué precio?

La rueda de la aceleración inalcanzable se alimenta de procesos humanos pobres. No de falta de inteligencia. No de falta de ganas. Sino de falta de tejido.

Y el tejido se repara con práctica, no con discursos. Se fortalece cuando el líder crea condiciones. Y se consolida cuando el equipo aprende a pensar mejor juntos.

Lo que puedes hacer desde mañana sin cambiarlo todo

Lo que puedes hacer desde mañana sin cambiarlo todoNo necesitas un gran programa para empezar. Necesitas un gesto sostenido. Uno que indique dirección.

  • Reserva un espacio semanal para revisar aprendizajes, no solo tareas.
  • Reduce un 20% de reuniones y protege el tiempo de pensamiento.
  • Define una regla de pivoteo: qué se mantiene, qué se ajusta y quién decide.
  • Crea un pequeño laboratorio de mejora continua con pruebas de bajo riesgo.
  • Entrena preguntas: menos respuestas rápidas y más preguntas útiles.

Si haces esto con constancia, el cambio deja de ser una amenaza. Se convierte en competencia.

Y entonces la transformación, con el apellido que tenga, empieza a ser lo que debería ser: una forma de evolucionar sin romperte.

Si sientes que vives en la rueda de la aceleración inalcanzable, mira tu entorno humano. Ahí empieza todo.

Durante años se ha premiado al directivo que “aguanta”. El que llega antes, sale el último y responde mensajes a cualquier hora. Sin embargo, cuando trabajo con directivos de más de 50 años, casi siempre aparece la misma sensación: “hago mucho, pero avanzo poco”. Ahí empieza el cambio de verdad.

A esta forma de trabajar me gusta llamarla productividad sin épica. No busca hazañas. Busca resultados sostenibles. Y, sobre todo, protege la energía, que es el recurso más escaso cuando estás llamado a liderar.

Cuando el esfuerzo deja de ser una ventaja

Cuál es el significado de «productividad sin épica»

Productividad sin épica no va de apretar más. Va de diseñar mejor. Consiste en rendir más sin convertir el esfuerzo en un espectáculo. Es decir: sin urgencias permanentes, sin heroísmos, y sin vivir pegado a la adrenalina.

En algunos procesos de coaching he visto directivos con agendas llenas, pero sin dirección clara. Además, he visto equipos que se acostumbran al caos porque su líder “siempre lo resuelve”. Eso parece mérito, pero crea dependencia. Y, a medio plazo, te pasa factura.

Por eso, este enfoque se apoya en tres ideas sencillas:
– Haces menos cosas, pero mejor elegidas.
– Reduces fricción antes de pedir más esfuerzo.
– Construyes hábitos pequeños que sostienen el ritmo.

Por qué funciona especialmente en directivos

Por qué funciona especialmente en directivosUn directivo no produce solo con sus manos. Produce a través de decisiones, prioridades y conversaciones. Tu agenda es el sistema nervioso de tu equipo. Si tú vives en urgencia, tu organización respira urgencia, es normal y cuanto antes te des cuenta de ello mejor.

En mis años acompañando comités y mandos intermedios, he visto un patrón repetido: la gente se llena de tareas para evitar decisiones difíciles. Cuando no decides, acumulas. Cuando acumulas, aceleras. Y cuando aceleras sin foco, te desgastas y puedes salirte del camino.

Aquí está la clave: un directivo productivo no corre más, despeja el camino. Y lo hace con reglas simples, repetibles y visibles.

Seis principios prácticos para subir el rendimiento

Seis principios prácticos para subir el rendimiento1) Prioridad significa renuncia

Si todo es importante, no existe la prioridad. Elige 1 a 3 resultados para la semana. Escríbelos. Compártelos. Y protege ese foco.

He visto muchas veces que una semana “bien llena” acaba siendo una semana “vacía”. Porque nadie sabe qué define el éxito. La prioridad no te quita libertad, te da dirección.

2) Continuidad antes que velocidad

La productividad real necesita tramos sin interrupciones. Cada cambio de contexto te roba tiempo y calidad y tu equipo acabará dándose cuenta de ello. Por eso, pon dos hábitos:
– Ventanas concretas para responder mensajes.
– Bloques protegidos para trabajo de calidad.

Al principio cuesta, pero luego lo empezarás a notar. Y el equipo aprende rápido. Además, tu calma se contagiará, te lo aseguro.

3) Reuniones con coste visible

Antes de aceptar una reunión, pregúntate: “¿qué decisión saldrá de aquí?”. Si no hay decisión, cambia el formato. Pide un resumen por escrito. O convierte la reunión en un espacio de desbloqueo real.

Una reunión sin decisión es un gasto energético oculto. Y casi siempre lo paga el equipo, no quien la convoca.

En sesiones con directivos me encuentro una trampa frecuente: reuniones “para estar alineados”. Bien. Pero la alineación sin siguiente paso (la decisión) se llama de otra forma, es una conversación.

4) Decidir también es producir

Muchos directivos confunden “estar ocupados” con “estar avanzando”. La diferencia la marca una palabra: cerrar. Cerrar decisiones. Cerrar temas. Cerrar prioridades.

Te propongo una métrica sencilla: cuántas decisiones relevantes cierras por semana. No te estoy preguntando cuántas conversaciones inicias, sino cuántas cierras.

Y ojo: decidir no siempre significa imponer. A veces significa decir “no”, o decir “todavía no”. Eso ya ordena.

5) Seguimiento mínimo, pero constante

No necesitas una metodología heroica. Necesitas ritmo. Y el ritmo se construye con tres momentos:
– Lunes: prioridades y foco.
– Miércoles: desbloqueos.
– Viernes: cierre y aprendizaje.

Lo que no revisas, se degrada. Además, lo que no se cierra, vuelve como más ruido la semana siguiente.

He vivido esto con clientes que delegaban “en teoría”. Cuando un directivo reserva cada semana 20 minutos (por ejemplo, el viernes) para cerrar y revisar lo delegado, deja de “delegar por delegar” y pasa a delegar de verdad. La idea no es controlar, sino dar seguimiento mínimo para que la responsabilidad no se diluya. Si no hay ese cierre, muchas delegaciones se quedan en “lo hablamos” y acaban volviendo a tu mesa.

6) Energía por delante de volumen

Un directivo rinde mejor cuando cuida el sueño, la comida y las pausas. No es romanticismo. Es biología.

La energía no es un tema personal, es un tema de liderazgo. Porque tu nivel de claridad impacta en decisiones, clima y ritmo del equipo.

Un marco para empezar mañana

Un marco para empezar mañanaAquí no quiero darte inspiración, más bien quiero darte herramienta. Si aplicas esto durante cuatro semanas, notarás el cambio.

A) La lista de “parar de hacer”

Es la palanca más potente. Escribe diez cosas que haces por inercia. Cosas que no aportan valor real. Luego elige dos y elimínalas esta semana.

Puede ser un reporte duplicado. Puede ser una reunión recurrente. Puede ser una revisión excesiva. Cuando paras algo, creas espacio sin pedir permiso al calendario.

B) Regla 3-3-3 para la semana

Funciona porque simplifica sin infantilizar.
– 3 resultados clave.
– 3 conversaciones que no puedes posponer.
– 3 tareas operativas que debes delegar de verdad.

Si te sale una cuarta prioridad, no la añadas sin quitar otra. Aquí empezarás a entrenar la renuncia.

C) Protocolo de reunión en 4 líneas

Pide esto antes de cada reunión:
1. Objetivo en una frase.
2. Decisión requerida (sí/no).
3. Preparación previa en dos puntos.
4. Responsable y fecha de cierre.

Si falta una línea, la reunión no está lista. Y si tú lideras, tú marcas el estándar. Además, reduces el resentimiento. Porque la gente deja de sentir que “pierde la mañana”.

Señales de que estás cayendo en la épica

Señales de que estás cayendo en la épicaMe gusta hablar de señales porque son fáciles de reconocer. Si te dices alguna de estas frases, estás entrando en el modo equivocado:

– “No tengo tiempo para pensar”.
– “Hoy apago fuegos y mañana planifico”.
– “Estoy en todo porque si no, no sale”.

Estas frases suenan responsables pero en la realidad, te están avisando de algo: que te has convertido en cuello de botella. La épica suena a compromiso, pero suele ser falta de sistema, de organización y de método.

En algunos procesos de coaching, cuando un directivo empieza a poner límites, aparece el miedo. Por ejemplo, el miedo a perder el control, el miedo a que bajen los resultados. Sin embargo, casi siempre ocurre lo contrario: sube la claridad y baja el ruido y mejora la productividad tuya y consecuentemente de tu equipo.

Cómo medirlo sin obsesionarte

No necesitas veinte indicadores. Elige tres y síguelos durante cuatro semanas:

– Horas reales de trabajo profundo.
– Decisiones cerradas (no conversaciones iniciadas).
– Porcentaje de reuniones con resultado documentado.

Si estos tres suben, vas bien. Incluso aunque trabajes menos horas, la productividad sin épica te devuelve vida sin quitarte resultados.

Para empezar hoy

Si tuviera que elegir un solo primer paso, sería este: define tres resultados para la semana y elimina una reunión sin decisión. Parece poco. Pero abre una puerta.

La productividad sin épica no te hace menos exigente. Te hace más preciso. Y esa precisión, con el tiempo, se convierte en reputación. La reputación del directivo que cumple, que decide y que no quema a su equipo.

Rendir más no debería costarte la salud. Y liderar bien no debería depender de tu capacidad de aguante.

Diciembre siempre llega con una mezcla curiosa de cansancio y lucidez. El calendario se agota, las agendas se vacían poco a poco y, casi sin darnos cuenta, aparece una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué ha significado realmente este año para mí como directivo y como persona?

Después de muchos años acompañando a directivos en procesos de reflexión profunda, he comprobado algo que se repite con frecuencia. La mayoría analiza el año desde el resultado, no desde el aprendizaje. Y ese matiz lo cambia todo.

Quiero proponerte una idea que utilizo a menudo en mis procesos de coaching: considerar el año que termina como un cero. No como algo negativo, sino como un punto neutro desde el que observar con claridad. Partir de cero nos permite dejar de juzgar y empezar a comprender.

Cerrar el año desde cero para liderar mejor el que viene

El error habitual al hacer balance

A finales de año solemos preguntarnos si cumplimos o no los objetivos. Ventas, proyectos, ascensos, decisiones estratégicas. Sin embargo, ese análisis se queda corto y, en muchos casos, no sirve para crecer.

He visto muchas veces a directivos frustrados por no haber alcanzado ciertas metas, aunque hayan trabajado con rigor y coherencia. También he visto casos opuestos, donde se celebran resultados sin entender qué los hizo posibles. Ambas situaciones esconden el mismo riesgo: no aprender nada útil para el futuro.

Los resultados, por sí solos, no explican nada. Son la consecuencia visible de una ecuación mucho más compleja.

Eventos, resultados y acciones no son lo mismo

Para hacer un balance honesto conviene separar tres niveles que a menudo confundimos.

Los eventos son hechos que ocurren al margen de nuestro control. Un cambio regulatorio, una reestructuración, una crisis externa o una decisión tomada por otros. No podemos provocarlos ni evitarlos.

Los resultados surgen de la combinación de nuestras acciones, factores externos y, en ocasiones, simple azar. Tienen valor informativo, pero requieren contexto.

Las acciones, en cambio, son el único territorio que controlamos al cien por cien. Incluyen lo que hacemos, lo que decidimos no hacer y cómo reaccionamos ante lo que ocurre.

En algunos procesos de coaching he vivido situaciones muy reveladoras. Dos directivos con resultados similares llegaban a conclusiones opuestas. El que se centraba en los eventos se sentía víctima. El que analizaba sus acciones encontraba margen de mejora y recuperaba el control.

La coherencia entre lo que querías y lo que hiciste

La coherencia entre lo que querías y lo que hicisteUn buen cierre de año empieza con una pregunta incómoda pero poderosa: ¿hubo coherencia entre mis intenciones y mis acciones?

No se trata de reprocharse nada. Se trata de observar con honestidad. Las agendas, los correos y las decisiones cotidianas suelen contar una historia más precisa que cualquier informe anual.

Pregúntate qué objetivos tenías al inicio del año y qué hiciste de forma concreta para acercarte a ellos. Identifica también los momentos en los que te desviaste. No para juzgarte, sino para entenderte.

Cuando un directivo comprende por qué actuó como actuó, gana libertad para elegir distinto la próxima vez.

Logros y desafíos como fuente de información

Logros y desafíos como fuente de informaciónCelebrar los logros no es un gesto superficial. Es una forma de reforzar comportamientos que merecen continuidad. Incluso los avances pequeños indican que algo se hizo bien.

Con los desafíos ocurre algo parecido. Un resultado adverso no siempre es una señal de fracaso. A veces revela decisiones valientes, intentos necesarios o aprendizajes que solo llegan cuando algo no sale como esperábamos.

En algunos procesos he visto cómo un “mal año” escondía decisiones estratégicas muy acertadas, cuyos frutos llegarían más tarde. El problema no fue el resultado, sino la interpretación.

El impacto más allá de los números

El impacto más allá de los númerosCada vez más directivos se preguntan por su impacto real. No solo en términos económicos, sino humanos y sociales. Esa reflexión va mucho más allá del voluntariado o la sostenibilidad.

Tiene que ver con cómo lideras, cómo escuchas, cómo decides y qué cultura generas a tu alrededor. Tu impacto se mide también en las conversaciones que provocas y en las personas que haces crecer.

Revisar este aspecto suele abrir preguntas profundas. ¿A quién ayudé a avanzar este año? ¿Qué tipo de clima generé en mi equipo? ¿Qué comportamientos reforcé sin darme cuenta?

Los aprendizajes que de verdad importan

aprendizajes que importanEl verdadero valor del balance anual aparece cuando identificas qué has aprendido sobre ti mismo. No solo nuevas competencias técnicas, sino patrones de pensamiento, reacciones emocionales y hábitos de decisión.

He visto muchas veces cómo un solo aprendizaje bien integrado cambia la forma de liderar durante años. Ese aprendizaje casi nunca surge de un éxito rotundo, sino de una dificultad bien analizada.

Por eso siempre recomiendo cerrar el año con una pregunta sencilla y honesta: ¿qué hice bien? Incluso en los momentos difíciles, siempre hay alguna acción rescatable que merece ser potenciada.

Mirar al próximo año desde las acciones, no desde los objetivos

Mirar al próximo año desde las acciones, no desde los objetivosCuando pensamos en el año que viene solemos formular nuevas metas. Sin embargo, los objetivos no generan resultados por sí solos. Son las acciones repetidas, los hábitos y el estilo de liderazgo los que marcan la diferencia.

Definir metas es útil, pero solo si van acompañadas de decisiones concretas sobre cómo quieres actuar. Qué conversaciones vas a tener, qué prioridades vas a proteger y qué comportamientos vas a dejar atrás.

En mi experiencia, los directivos que crecen de forma sostenida no son los que fijan mejores objetivos, sino los que revisan con más honestidad sus acciones.

Cerrar el año para avanzar con claridad

Cerrar el año desde cero no significa olvidar lo vivido. Significa liberarlo de juicios innecesarios para extraer aprendizaje real. Cuando asignas valor a lo que puedes controlar, recuperas energía y enfoque.

Si el propósito es liderar con más calma, coherencia y satisfacción, el balance anual se convierte en una herramienta poderosa. No para hacer inventario del pasado, sino para diseñar con intención el futuro.

Porque al final, no lideras mejor por lo que consigues, sino por lo que aprendes de cómo lo consigues.

Durante los últimos años he observado, tanto en procesos de coaching como en conversaciones con directivos, un fenómeno que crece en silencio. Aunque la agenda empresarial está llena de algoritmos, automatización y análisis predictivo, los perfiles humanistas están ganando espacio en el mundo tecnológico. Y lo más interesante es que no lo hacen como una excepción, sino como una necesidad.

Cada vez más compañías buscan integrar en sus equipos a profesionales con estudios de Filosofía, Historia, Periodismo, Bellas Artes o Psicología. A primera vista parece un contrasentido en un entorno que vive de datos, pero cuando profundizas, descubres que estas incorporaciones responden a una lógica empresarial muy clara.

Un interés que ya no sorprende

Firmas especializadas en Big Data, han detectado un aumento constante del interés por estos perfiles. No se trata de una moda pasajera. Las empresas empiezan a comprender que la tecnología sin perspectiva humana se vuelve incompleta, y eso abre la puerta a profesionales capaces de pensar más allá del código.

He visto esta tendencia en diversas organizaciones. Equipos formados solo por perfiles técnicos trabajan con rigor, pero cuando se incorpora alguien con formación humanística aparecen preguntas distintas, interpretaciones más amplias y lecturas más críticas de los datos. De repente, las conclusiones ya no se limitan a lo evidente.

Una cuestión de enfoque, no de capacidad

Una cuestión de enfoque, no de capacidadLos responsables de talento lo repiten una y otra vez: el rendimiento de estos profesionales no difiere del que ofrecen los perfiles más técnicos. La diferencia está en el enfoque con el que abordan sus tareas.

Además de dominar herramientas analíticas tras su inevitable periodo de reskilling, llegan con un bagaje mental distinto. Analizan contextos, cuestionan supuestos, buscan causas profundas. Esa mirada menos rígida complementa la tendencia natural del ingeniero a estructurar, ordenar y optimizar.

Esta combinación crea equipos más completos, capaces de innovar sin perder sentido crítico.

Un reskilling que abre puertas

Un reskilling que abre puertasDurante años, muchos estudiantes de humanidades asumieron que el sector tecnológico estaba vetado para ellos. Hoy, esa idea se desmorona. Aunque requieren una formación adicional, muchas compañías ya incorporan programas específicos para preparar estos perfiles.

Ocho meses de formación intensiva, por ejemplo, permiten entender la lógica del dato, interpretar métricas y trabajar con herramientas avanzadas. Cuando he acompañado a profesionales en este proceso, siempre me sorprende la rapidez con la que integran esos aprendizajes, sobre todo gracias a su capacidad natural para conectar conceptos y construir significado.

El resultado es un perfil híbrido, con una base humanista y una capa tecnológica que le abre nuevas oportunidades.

La fuerza de las habilidades blandas

Hay un aspecto que marca la diferencia: sus soft skills.

soft skillsEn muchas sesiones de coaching he visto cómo estas habilidades elevan el rendimiento de todo un equipo. Entre ellas destacan:

– La apertura mental.
– La curiosidad.
– La capacidad para encontrar soluciones fuera del camino habitual.
– El pensamiento crítico y el análisis contextual.
– Una comunicación más clara y empática.

Estas competencias permiten que, ante un problema complejo, aparezcan enfoques inesperados y más creativos. Y en un entorno donde los desafíos cambian cada mes, esa flexibilidad mental se convierte en un activo estratégico.

Más allá del dato: la narrativa

Más allá del dato: la narrativaUna parte esencial del trabajo en análisis de datos consiste en interpretar y dar sentido. No basta con generar dashboards impecables si nadie entiende qué significan. Ahí es donde los perfiles de comunicación, filología o periodismo aportan un valor diferencial.

Saben construir narrativas, conectar los puntos y explicar una conclusión técnica en lenguaje comprensible para la organización. De hecho, algunos de los mejores analistas que he conocido tenían formación en letras. Los números no les intimidaban; simplemente los traducían a decisiones.

Ámbitos donde los humanistas toman protagonismo

La presencia creciente de estos profesionales no se limita al análisis de datos. También destacan en:

  • Inteligencia Artificial. El auge del “prompt engineering” está poniendo las competencias lingüísticas en primera línea. Dominar el lenguaje se vuelve clave para guiar a la IA con precisión.
  • Recursos Humanos. La gestión del talento exige sensibilidad, escucha y capacidad para interpretar señales más allá del currículo técnico. Estos perfiles entienden las motivaciones humanas en profundidad.
  • Digitalización documental. No basta con escanear; hay que organizar, clasificar y contextualizar. Y ahí las humanidades son fundamentales.
  • Marketing de contenidos. La creación de historias relevantes es más necesaria que nunca en un ecosistema saturado de información.
  • Marketing digital. La estrategia, la comunicación y el diseño narrativo exigen competencias que los perfiles humanistas ya dominan.

Una tendencia que seguirá creciendo

Lejos de desaparecer, las humanidades empiezan a ocupar un espacio de dirección y toma de decisiones. Algunas empresas ya lo llevan por bandera. Google contrató miles de filósofos hace años para comprender mejor las particularidades culturales de sus usuarios. No fue un gesto anecdótico. Fue una estrategia.

Los datos lo indican: la multidisciplinariedad será una ventaja competitiva. Y las compañías que sepan integrar diferentes modos de pensar serán las que logren innovar de manera más coherente y sostenible.

He visto a muchos directivos descubrir el valor de estos perfiles después de incorporarlos por primera vez. Lo que empieza como una prueba termina convirtiéndose en un cambio de mentalidad.

Hacia un liderazgo que combine lógica y sensibilidad

Si miramos hacia adelante, el avance tecnológico no reducirá el papel de las humanidades; lo ampliará. La IA, la automatización y la digitalización necesitan criterio, ética, creatividad y capacidad para interpretar realidades complejas. Ninguna de estas funciones puede automatizarse.

Por eso, los perfiles humanistas no son un complemento, sino una pieza clave para entender el mundo que viene.

Desde hace años, en muchos procesos de coaching con directivos he observado una misma inquietud: ¿qué papel tendremos las personas en un mundo gobernado por algoritmos? La inteligencia artificial, en su avance imparable, ha provocado un profundo debate sobre el futuro del trabajo y la función del liderazgo. Sin embargo, frente a los titulares que anuncian una era de sustitución, conviene recordar algo esencial: no serán las máquinas las que nos reemplacen, sino las personas que sepan trabajar con ellas.

 

La revolución que no borra al ser humano

Lo que estamos viviendo no es una desaparición del trabajo, sino una transformación profunda de sus fundamentos. En los años 70, los robots sustituyeron a los soldadores en las fábricas automotrices, pero el empleo no desapareció: cambió de forma. Hoy, los robots soldan, pero los humanos los diseñan, los programan y los mantienen.

He visto situaciones parecidas en el mundo directivo: empresas que temen perder el control ante la tecnología y líderes que descubren que, cuando aprenden a convivir con la IA, su capacidad de decisión y análisis se multiplica. La cuestión, por tanto, no es si la IA nos sustituirá, sino quién aprenderá antes a integrarla en su día a día.

El triángulo del talento

En esta nueva era laboral, gobiernos, empresas y educación forman un triángulo de oro del que depende nuestra adaptación al futuro. Ninguno puede quedarse al margen. La recualificación y la mejora continua de competencias ya no son opcionales. En algunos procesos de coaching con altos ejecutivos, suelo plantear una pregunta incómoda: “¿En qué has invertido más tiempo este año, en aprender o en mantenerte ocupado?”

La respuesta suele abrir silencios elocuentes. Porque la productividad del futuro no depende tanto del tiempo que pasamos trabajando, sino de la velocidad con la que somos capaces de aprender.

El aprendizaje no pertenece solo a las universidades. La formación profesional, el aprendizaje práctico y la actualización constante son la base del liderazgo adaptativo. El futuro premiará a los curiosos, no a los conformistas.

Las habilidades que la IA no entiende

Las habilidades que la IA no entiendeHay dos grandes grupos de habilidades que seguirán siendo indispensables: las manuales y las profundamente humanas.
Por un lado, los oficios técnicos —fontaneros, electricistas, carpinteros o soldadores— seguirán siendo esenciales para la sociedad y la economía. Son profesiones que requieren una destreza y una capacidad de improvisación que la IA no puede replicar.
Por otro lado, están las habilidades del conocimiento: el pensamiento crítico, el juicio, la empatía, la creatividad y la capacidad para establecer relaciones.

He comprobado muchas veces que los líderes más eficaces no son los que acumulan información, sino los que saben leer entre líneas, conectar con sus equipos y anticipar lo que aún no está escrito en los datos. Esas son las competencias que, en el mundo de la IA, definen la diferencia entre un jefe y un líder.

Liderar en la era de la inteligencia aumentada

la inteligencia aumentadaEl liderazgo de hoy exige algo que podríamos llamar “inteligencia aumentada”: la capacidad de integrar la tecnología sin perder la humanidad. Los datos ayudan, pero la interpretación sigue siendo un acto profundamente humano.

Cada vez más directivos utilizan herramientas de IA para mejorar la toma de decisiones, pero también confiesan dificultades para llegar a consensos dentro de sus equipos. Es decir: tenemos más información que nunca, pero seguimos aprendiendo a escucharnos.

En mis sesiones de trabajo con comités de dirección, suelo recordar que la tecnología amplifica tanto las virtudes como las carencias. Un liderazgo fragmentado seguirá fragmentado, solo que ahora en tiempo real. Por eso, más allá de implementar IA, el verdadero reto está en fortalecer la cultura del diálogo, la reflexión y el aprendizaje compartido.

Reescribir la estrategia del talento

Reescribir la estrategia del talentoLa inteligencia artificial ha acelerado la necesidad de repensar el talento dentro de las organizaciones. Cada vez más compañías planifican sus plantillas en función de las habilidades y no solo de los puestos. Este cambio de paradigma es crucial: el trabajo deja de ser un rol estático y se convierte en un conjunto dinámico de capacidades en evolución.

Sin embargo, todavía son pocas las organizaciones que invierten en análisis de datos para comprender y desarrollar habilidades. Es una brecha evidente entre discurso y práctica. El liderazgo moderno no puede limitarse a inspirar, debe aprender a medir, a anticipar y a formar.

En muchos programas de desarrollo que acompaño, insisto en que la IA no sustituye la intuición, pero obliga a fundamentarla. Los líderes que combinen criterio humano y evidencia empírica serán los que dominen el nuevo terreno del talento.

El desafío del tiempo y el bienestar

El desafío del tiempo y el bienestarOtro tema candente es la relación entre IA y tiempo. ¿Nos hará trabajar menos? La reducción de jornada depende más de la organización que de la tecnología. No obstante, hay algo cierto: la IA puede liberarnos de tareas mecánicas y devolvernos espacio mental para lo importante.

Ese espacio, si se usa bien, puede ser el mayor impulso para la creatividad y la innovación. Y aquí los líderes tienen una responsabilidad ineludible: usar la tecnología para cuidar, no para exprimir. En una época en la que la salud mental y el bienestar son prioridad, la IA debe convertirse en una aliada del equilibrio.

Un liderazgo más humano que nunca

Un liderazgo más humano que nuncaEl futuro del trabajo no será una lucha entre humanos y máquinas, sino una alianza entre ambos. Pero la clave seguirá estando en las habilidades que nos hacen únicos: la empatía, la curiosidad, la ética, la visión de conjunto.

La verdadera pregunta no es si la IA nos sustituirá, sino si sabremos evolucionar al ritmo de la revolución.
He acompañado a directivos que, al incorporar la IA en sus procesos, descubren una versión más estratégica de sí mismos: delegan mejor, piensan más, escuchan más.
Esa es la paradoja hermosa del cambio tecnológico: cuanto más inteligente es la máquina, más humano debe ser el líder.

En un mundo donde todos quieren hablar, escuchar se ha convertido en un superpoder. Y en el contexto del liderazgo, ese poder marca la diferencia entre gestionar personas… o simplemente dar órdenes. La escucha activa no es solo una habilidad comunicativa; es una herramienta de transformación en los equipos y en los líderes que los acompañan.

Escuchar no es oír: una diferencia que lo cambia todo

Escuchar no es oírEn la escuela aprendemos a leer, escribir y hablar. Pero nadie nos enseña a escuchar. Sin embargo, la escucha es la base de toda relación profesional sólida. No se trata solo de oír palabras, sino de prestar atención con intención, comprender el contexto, captar emociones y responder con empatía.

En mis procesos de coaching con directivos, he visto una y otra vez que los líderes que más impacto generan no son los que más hablan, sino los que mejor escuchan. Porque quien escucha bien, lidera mejor.

Liderar es inspirar… y para inspirar hay que comprender

Liderar es inspirarDecimos a menudo que liderar es inspirar. Y es cierto. Pero no se puede inspirar sin comprender. Y no se puede comprender sin escuchar de verdad. Escuchar con el cuerpo, con los ojos, con la atención puesta en lo que el otro está viviendo.

Muchos líderes se obsesionan con la persuasión, con mejorar su capacidad de convencer. Pero se olvidan de que la base de la persuasión no está en hablar mejor, sino en escuchar mejor. Si no conoces los miedos, motivaciones y expectativas de tu equipo, ¿cómo vas a influir positivamente sobre ellos?

La escucha activa como habilidad directiva clave

habilidad directiva claveLa escucha activa es una de las habilidades blandas más valoradas en el liderazgo actual, pero también una de las más subestimadas. Porque exige algo que escasea: presencia. Estar, de verdad, en el momento.

No basta con quedarse en silencio mientras el otro habla. Escuchar activamente es:

  • No interrumpir, ni anticipar respuestas.
  • Dejar de pensar en lo que vas a decir después.
  • Prestar atención a lo que se dice y a lo que no se dice.
  • Reforzar con el lenguaje corporal: contacto visual, asentir, mostrar interés.
  • Parafrasear o resumir para confirmar que has entendido.

Y sí, también es practicar la humildad. Porque cuando escuchas activamente, dejas espacio para que el otro brille.

¿Por qué cuesta tanto escuchar?

Por qué cuesta tanto escucharPorque pensar es más rápido que hablar. Nuestra mente va varios pasos por delante de la conversación, y mientras el otro se explica, nosotros ya estamos buscando soluciones, respuestas o caminos de salida. Sobre todo si hemos sido educados para resolver problemas, como les ocurre a muchos perfiles técnicos o ejecutivos.

Pero un buen líder no resuelve de inmediato. Primero comprende. Luego acompaña. Y finalmente, actúa.

 

Trucos para cultivar una escucha profunda

A lo largo de los años, he recopilado algunas técnicas prácticas que pueden ayudar a cualquier líder a mejorar su escucha activa:

  1. Fijarse en el color de ojos de la persona que habla. Parece una tontería, pero es una forma eficaz de anclarte al presente.
  2. Asentir suavemente mientras escuchas. El simple gesto de la cabeza transmite que estás conectado.
  3. Usar frases como “corrígeme si me equivoco…” o “si te entiendo bien, lo que estás diciendo es…”. Estas fórmulas muestran interés y validan al interlocutor.
  4. Hacer preguntas abiertas. Invitan a profundizar y evitan respuestas automáticas.
  5. Practicar la pausa. No tengas prisa por responder. Un segundo de silencio puede abrir una conversación más auténtica.
  6. Sonreír con suavidad. La sonrisa genuina genera conexión, reduce tensiones y transmite confianza.

La escucha como herramienta de liderazgo emocional

Los líderes que escuchan activamente generan entornos de seguridad psicológica, donde las personas se sienten libres para expresar dudas, aportar ideas o mostrar vulnerabilidad. Y eso, en un contexto de cambio continuo, es oro puro.

Un líder que escucha activa y empáticamente potencia la motivación, mejora el clima del equipo y acelera la resolución de conflictos. En otras palabras: convierte la escucha en acción.

La conexión entre carisma y escucha

La conexión entre carisma y escucha¿Has notado cómo algunas personas captan la atención en una sala sin apenas decir nada? Eso es carisma. Y una de las claves del carisma es la capacidad de escuchar con presencia total.

Quien escucha bien se convierte, sin saberlo, en alguien magnético. Porque las personas no quieren discursos brillantes, quieren sentirse vistas y comprendidas. Y eso se consigue con una mirada atenta, una postura abierta y un silencio que acompaña.

 

Silencio, pausa y liderazgo

En un mundo ruidoso, el silencio es una declaración de intenciones. No todo líder debe hablar para liderar. A veces, basta con estar presente, hacer la pregunta adecuada y sostener el espacio para que otros encuentren su voz.

La escucha activa es, en el fondo, un acto de generosidad. Dejas de imponer para empezar a comprender. Dejas de controlar para empezar a colaborar.

Y en ese gesto, se construye un nuevo liderazgo: más humano, más eficaz, más transformador.

Durante años, el salario ha sido el anzuelo más poderoso para captar talento. Pero algo ha cambiado. En un contexto de transformación constante, incertidumbre y modelos híbridos, los profesionales ya no se quedan solo por lo que ganan, sino por cómo se sienten. Hoy, lo que de verdad fideliza es la experiencia que viven dentro de la empresa.

Más allá del sueldo lo que de verdad retiene a tu mejor talento hoy

El salario emocional ya no es un lujo, es una estrategia

salario emocionalUna investigación de THT Multilatina lo deja claro: el 36% de los empleados considera el salario emocional como el factor más importante para comprometerse con su empresa. Esto incluye flexibilidad, reconocimiento, oportunidades de crecimiento y sentido de pertenencia. Le siguen el trato digno (19%) y la formación continua.

Esta tendencia, lejos de ser anecdótica, se consolida entre las nuevas generaciones. Como apunta BIU University Miami, los profesionales jóvenes no solo quieren crecer, sino también pertenecer a organizaciones coherentes con sus valores. El propósito se ha vuelto tan esencial como el sueldo.

Flexibilidad, propósito y salud mental: el nuevo tridente del compromiso

salud mentalSegún un informe de McKinsey, los modelos híbridos que promueven la autonomía y el equilibrio personal no solo mejoran la retención, sino que pueden incrementar los ingresos de la empresa hasta en un 35%. Pero no se trata solo de teletrabajo: lo que realmente fideliza es la cultura que se respira.

La motivación ya no nace del formato, sino del sentido.

Y aquí entra un componente clave: la salud mental. El 80% de los trabajadores en Colombia enfrenta altos niveles de estrés, según Team Consultor. Crear entornos laborales sanos, empáticos y humanos ya no es una opción: es una urgencia empresarial.

Habilidades blandas: el nuevo oro del liderazgo

Habilidades blandas el nuevo oro del liderazgoCada vez más organizaciones están descubriendo que las habilidades blandas son el verdadero motor de la productividad y la retención. Un estudio conjunto de Harvard, Carnegie Foundation y Stanford Research Center lo confirma: el 85% del éxito profesional se atribuye a competencias como empatía, comunicación y adaptabilidad; solo el 15% a habilidades técnicas.

Además, el informe Human Capital Trends 2023 de Deloitte apunta que las empresas centradas en habilidades blandas son un 57% más ágiles y resilientes ante los cambios del entorno. La creatividad, la inteligencia emocional o la colaboración ya no son “extras”: son la base del liderazgo actual.

No es casualidad que el 97% de los empleadores considere estas habilidades tan importantes o más que las técnicas, y que el 89% de los errores de contratación estén relacionados con su carencia.

El caso Patagonia: una cultura que retiene

Si hay una empresa que ha entendido esta evolución, esa es Patagonia. La marca de ropa outdoor no solo vende productos: vende una forma de estar en el mundo. Y eso se refleja internamente.

Entre sus políticas destacan las jornadas flexibles, el tiempo libre para activismo ambiental y programas de bienestar mental. ¿El resultado? Una tasa de rotación inferior al 4%, frente al 13% de su sector. En Patagonia, la cultura no es un accesorio. Es la estrategia de retención.

La retribución emocional se vuelve personal

En España, el 92% de los empleados demanda modelos con presencia del teletrabajo y el 64% de los padres y madres afirma que tiene dificultades para conciliar. La flexibilidad ya no es un beneficio, es un elemento clave para decidir quedarse o marcharse.

Las empresas que destacan en fidelización están apostando por retribuciones personalizadas. No se trata solo de dinero, sino de beneficios alineados con las necesidades individuales: guarderías, transporte, comida, tiempo libre, programas de desarrollo, apoyo emocional, espacios de desconexión.

El mensaje es claro: cada empleado busca sentirse único, valorado y acompañado.

Las cifras lo demuestran

  • Las organizaciones que cuidan el bienestar de su equipo aumentan su productividad en un 31%, según Great Place to Work.
  • Los errores se reducen en un 19% y la creatividad se incrementa en un 55%.
  • Las empresas que invierten en salario emocional mejoran su “employer branding”, su capacidad de atracción y su cohesión interna.

Un nuevo rol para las organizaciones

Ya no basta con ofrecer un puesto de trabajo. Ahora se ofrece una experiencia de vida. Un entorno donde las personas puedan desarrollarse, cuidar de sí mismas, ser escuchadas y sentir que lo que hacen tiene sentido.

Como coach de directivos, lo he visto muchas veces: los equipos que se sienten bien, rinden más, proponen más y permanecen más tiempo. No se trata de hacer magia, sino de cambiar la forma de liderar.

Desde la formación en habilidades blandas hasta la revisión profunda de la cultura organizacional, pasando por políticas reales de conciliación, las empresas que están dando el paso hacia una gestión más humana son las que marcarán la diferencia en los próximos años.

Porque al final, como decía una clienta en una sesión: “Me quedo en esta empresa no por el sueldo, sino porque aquí puedo ser yo”. Y eso, sinceramente, vale mucho más que un aumento del 5%.

Si hay algo que escucho con frecuencia en mis sesiones de coaching es esta frase: «José Ramón, paso el día metido en reuniones y no avanzo en nada importante». No es una exageración. En muchas empresas, especialmente en España, la cultura de la reunión interminable se ha convertido en una norma no escrita. Y lo peor es que no nos damos cuenta del coste que esto tiene, no solo en términos de productividad, sino también en desgaste emocional y toma de decisiones.

Reuniones eternas

El mito de la reunión como productividad

Durante años, las reuniones han sido vistas como símbolo de trabajo en equipo, liderazgo y dinamismo. Reunirse era estar “haciendo cosas”. Pero los datos dicen otra cosa. Según un estudio de Adecco, el 88% de las empresas en España afirma haber incrementado el número de reuniones internas, percibiéndolas como menos provechosas. Una forma elegante de decir que nos pasamos el día hablando… sin avanzar.

Reuniones efectivas: No pierdas el tiempo

Más preocupante aún: otro estudio de Harvard Business Review mostró que el 70% de los empleados mejora su productividad cuando se reducen un 40% las reuniones. ¿La clave? Liberar tiempo para el trabajo profundo, el que realmente mueve los resultados.

¿Por qué seguimos haciendo reuniones inútiles?

Por qué seguimos haciendo reuniones inútilesLa respuesta no es sencilla, pero hay varios factores:

  • Falta de cultura de preparación. Se convoca sin orden del día, sin objetivos claros ni roles definidos.
  • Convocatorias masivas. Cuantos más, mejor, como si la cantidad asegurara consenso. En realidad, ocurre lo contrario.
  • Coste invisible. Muy pocas organizaciones calculan cuánto cuesta una hora de reunión con cinco, diez o quince personas.

Como decía Agustín Peralt, experto en productividad, “el mayor despilfarro humano de una empresa son las reuniones mal gestionadas”.

La experiencia directa: la mitad del tiempo reunidos

La experiencia directa la mitad del tiempo reunidosEn algunos procesos de coaching he visto cómo directivos pasan entre el 40% y el 60% de su jornada en reuniones, muchas de ellas prescindibles. Una clienta me decía: “cuanta más gente hay en una reunión, más se tiende al debate y menos se resuelve”. Y es cierto. La reunión deja de ser herramienta de decisión para convertirse en tertulia sin rumbo.

Herramientas digitales que te ayudarán a tener éxito en las reuniones de trabajo

Otra directiva me confesaba que solo cuando ella misma convoca y estructura los temas, consigue resultados. Cuando no lo hace, simplemente asiste “por cortesía”, perdiendo horas sin un retorno real.

¿Te suena?

Claves para cortar con las reuniones ineficientes

cortar reuniones ineficientesLos directivos más eficaces del mundo no tienen una fórmula mágica, pero sí aplican con rigor algunas prácticas clave. Vamos a verlas.

1. Menos es más: la regla de las dos pizzas

Esta norma, popularizada por Jeff Bezos, es tan simple como poderosa:
“Si dos pizzas no bastan para alimentar a todos los asistentes, hay demasiada gente en la reunión.”

El objetivo es claro: reducir el número de participantes a los estrictamente necesarios. No se trata de excluir, sino de centrar. Las reuniones con menos personas son más dinámicas, permiten mayor participación real y favorecen decisiones ágiles.

2. Siempre con propósito y tiempo limitado

Toda reunión debe tener un propósito concreto, un tiempo acotado y un resultado esperado. Si no se cumple alguna de estas tres condiciones, es mejor no hacerla.

Algunos directivos están aplicando técnicas sencillas pero efectivas: reuniones de 15 minutos para seguimiento, de 30 para revisión semanal y nunca más de 45 para decisiones estratégicas. Un responsable de gestión del cambio explicaba en LinkedIn cómo al reducir 15 minutos cada reunión ganaba una hora diaria de tiempo real para trabajar en lo importante.

3. No más PowerPoints: el valor del memo

Otra regla de Bezos que merece atención: en lugar de empezar las reuniones con presentaciones, los asistentes reciben un memo estructurado que deben leer en silencio durante los primeros 30 minutos.

Esto evita improvisaciones, asegura que todos estén al día y fomenta una discusión de calidad. En un mundo donde todos vamos corriendo, esta pausa para leer y reflexionar cambia radicalmente el tono de la reunión.

4. El moderador importa más de lo que crees

Una reunión sin un buen moderador es como un barco sin timón. Es necesario alguien que oriente la conversación, evite desviaciones y cierre con acuerdos claros y responsables asignados. Esta figura no tiene que ser siempre el jefe. Puede rotarse, o incluso externalizarse, pero debe estar.

5. Escuchar primero, hablar después

Una de las claves que más me ha sorprendido de los líderes de alto nivel es esta: el líder habla el último. Así evita condicionar al equipo y permite que emerjan ideas más auténticas. La innovación nace muchas veces de las voces menos jerárquicas, pero para eso hay que crear espacio.

Lo que puedes hacer desde hoy

  • Lo que puedes hacer desde hoyRevisa tu agenda semanal y elimina al menos una reunión innecesaria.
  • Propón un cambio de formato: prueba con memos, listas de tareas compartidas o seguimientos por e-mail.
  • Limita las reuniones a 45 minutos. No pasa nada si terminan antes.
  • Convoca solo a quienes realmente deben aportar.
  • Asegúrate de que toda reunión termine con decisiones claras y responsables asignados.

Cambiar la cultura de las reuniones no es una batalla contra el tiempo, sino a favor de la calidad. Y empieza por ti.

Uno de los momentos más delicados en cualquier entrevista es cuando el entrevistador te pide que hables de un error que hayas cometido. Es una pregunta clásica, sí, pero también una de las más reveladoras. No porque el reclutador quiere saber si fallas —todos lo hacemos—, sino porque busca entender cómo reaccionas ante el fallo y qué aprendizaje obtienes de él.

El error más habitual que te puede costar la oportunidad

Aquí es donde muchos profesionales tropiezan. En lugar de asumir su responsabilidad, se escudan en terceras personas o en las circunstancias. Dicen cosas como “mi jefe no me explicó bien”, “nadie me avisó a tiempo” o “el equipo no colaboró como debía”. Y con eso, sin darse cuenta, están mostrando una de las señales más peligrosas para cualquier seleccionador: la incapacidad de asumir responsabilidad propia.

En coaching lo he visto muchas veces: personas brillantes que, por no aceptar su parte en un fallo, acaban proyectando una imagen de inmadurez profesional.

Asumir no es debilidad, es fortaleza

He acompañado a directivos que, al prepararse para entrevistas clave, me confesaban: “si cuento este error, parecerá que no soy competente”. Y yo siempre les digo lo mismo: reconocer un fallo no te hace débil, te hace creíble. Lo que verdaderamente marca la diferencia es cómo lo gestionaste y qué hiciste después para que no volviera a ocurrir.

Una respuesta como: “Sí, cometí ese error. Me impactó, pero lo tomé como una oportunidad para mejorar. Diseñé un nuevo proceso y, desde entonces, no ha vuelto a suceder” genera en el entrevistador una imagen clara de alguien comprometido, resiliente y orientado a la mejora.

La importancia del relato profesional

Otro punto crítico es cómo hablas de tus experiencias laborales anteriores. Este aspecto, que muchos pasan por alto, es una de las claves que más valora un reclutador experimentado. Hablar mal de un jefe, de un equipo o de la empresa en general transmite una señal inequívoca: falta de autocrítica.

Por supuesto, no todas las salidas profesionales son idílicas. Hay ambientes tóxicos, jefes difíciles y organizaciones disfuncionales. Pero el tono con el que lo cuentas es crucial. Si te limitas a repartir culpas, el mensaje que llega es que no aprendiste nada. En cambio, si logras transmitir que, a pesar de la dificultad, intentaste manejar la situación con madurez y extrajiste un aprendizaje, estarás dejando huella.

Tu historia laboral es más poderosa cuando incluye obstáculos superados que cuando parece un camino sin baches.

La puntualidad también comunica

La puntualidad también comunicaUno pensaría que llegar muy temprano a una entrevista es sinónimo de responsabilidad. Y sí, en parte lo es. Pero exagerar también puede ser contraproducente. Llegar 30 minutos antes puede generar incomodidad y denotar ansiedad. Lo más recomendable es estar en el lugar entre 10 y 15 minutos antes. Ni más, ni menos.

Ese pequeño margen te permite ubicarse, respirar y entrar con una actitud más serena. En muchas ocasiones, los minutos previos a la entrevista son más importantes de lo que pensamos, porque es cuando nuestra mente se centra y se alinea con el objetivo.

Tu imagen habla antes que tú

En un entorno donde las entrevistas se hacen tanto presencialmente como por videollamada, cuidar los detalles de tu presentación es más relevante que nunca. No se trata de llevar ropa de marca, sino de transmitir profesionalismo: una camisa limpia, fondo neutro si estás en remoto, y eliminar distracciones como chicles, gafas de sol o colonias invasivas.

El objetivo no es que te recuerden por tu perfume, sino por tu claridad al comunicar y tu preparación para el puesto.

La discreción es una virtud escasa… y valiosa

Una de las señales más graves en una entrevista es revelar información sensible sobre empleos anteriores. Muchas veces sucede sin mala intención: se quiere mostrar experiencia o justificar decisiones pasadas. Pero los límites se cruzan con facilidad.

Hablar de cifras internas, mencionar nombres concretos o compartir estrategias confidenciales genera desconfianza inmediata. Una persona que no guarda la confidencialidad de su antiguo trabajo, ¿por qué lo haría en uno nuevo?

La ética profesional no se escribe en un CV. Se percibe en este tipo de gestos.

Qué buscan realmente los reclutadores

Después de más de una década trabajando con directivos, puedo afirmar que lo que realmente valoran las empresas no es la perfección, sino la capacidad de evolución. Los procesos de selección no buscan robots sin fisuras, sino personas con criterio, con autoconocimiento y con capacidad de aprender.

Y todo esto se manifiesta en cómo cuentas tus experiencias, cómo reconoces tus fallos y cómo proyectas tu futuro.

Vivimos en una época en la que la tecnología avanza más rápido de lo que muchas organizaciones pueden asimilar. En particular, los procesos de selección de personal están siendo transformados radicalmente por la inteligencia artificial (IA). Lo que antes se resolvía con currículums en papel y entrevistas presenciales, hoy comienza a automatizarse con algoritmos, plataformas inteligentes y entrevistas grabadas.

entrevistar ser humano

¿Estamos preparados para ser entrevistados por una máquina?

Esa es una de las preguntas más relevantes que podemos hacernos. Porque si bien los beneficios del uso de la IA en el ámbito del reclutamiento son numerosos, también conviene detenernos a pensar en sus límites.

La IA ya está en las entrevistas… y ha llegado para quedarse

La IA ya está en las entrevistas... y ha llegado para quedarseHace unos años, la idea de hacer una entrevista de trabajo con un chatbot sonaba a ciencia ficción. Hoy, es una práctica común en empresas que han adoptado soluciones de video recruitment. Algunas, como Leroy Merlin o Crédit Agricole, piden a los candidatos que graben sus respuestas ante la cámara. Un software analiza las palabras, el tono y hasta las expresiones faciales.

La principal ventaja es evidente: ahorro de tiempo y recursos. Las organizaciones pueden filtrar más candidatos en menos tiempo, sin renunciar a una primera evaluación rigurosa. Además, los sistemas de IA permiten crear descripciones de empleo más precisas, analizar tendencias del mercado laboral y cruzar competencias con vacantes de manera casi inmediata.

Un ejemplo célebre es Vera, una IA desarrollada por una start-up rusa y adoptada por IKEA. Vera es capaz de mantener conversaciones telefónicas, detectar emociones en la voz y construir perfiles psicosociales de los candidatos. Su base de datos incluye más de 13 mil millones de ejemplos lingüísticos, lo que le permite responder con un nivel de naturalidad sorprendente.

¿Qué aporta realmente la inteligencia artificial al reclutamiento?

Los beneficios no se limitan a la eficiencia. Gracias al uso de algoritmos avanzados, algunas consultoras como Randstad ya están analizando decenas de miles de currículos al día. Pero no se quedan solo en las competencias técnicas. También se miden indicadores no verbales, como el estrés, la ansiedad o el nivel de atención durante una entrevista en vídeo.

Esto abre la puerta a un tipo de selección más completo. No solo se trata de encontrar a alguien con el perfil adecuado, sino de identificar quién está realmente preparado para el puesto. En puestos muy especializados o en sectores donde hay escasez de talento, este tipo de herramientas puede marcar una gran diferencia.

Pero… ¿dónde queda la intuición humana?

intuiciónAquí es donde el entusiasmo tecnológico debe encontrar su equilibrio. Porque por más eficiente que sea una IA, hay elementos que no puede captar: la calidez de una mirada, la autenticidad de una emoción o la pasión con la que una persona habla de su experiencia.

En muchos procesos de coaching, he visto cómo un pequeño gesto, una pausa o una frase dicha con sinceridad, pueden decir más que un currículum impecable. Y eso, ningún algoritmo puede sustituirlo.

Además, si los datos con los que se entrena una IA están sesgados, existe el riesgo real de que las decisiones que tome reproduzcan esos mismos sesgos. Un sistema que fue alimentado con datos discriminatorios —aunque sea de forma no intencionada— puede perpetuar desigualdades de género, raza o edad.

¿Hacia un modelo híbrido?

En el fondo, la clave no está en elegir entre humanos o máquinas, sino en diseñar procesos donde ambos aporten lo mejor de sí. La IA puede encargarse de lo repetitivo, de cribar miles de perfiles, de sugerir candidaturas. Pero la decisión final debe seguir siendo humana, apoyada en la experiencia, la empatía y la capacidad de evaluar la compatibilidad entre personas y culturas corporativas.

He vivido con algunos clientes procesos de transformación donde la introducción de herramientas digitales supuso una mejora radical en los tiempos de contratación. Pero también he acompañado a otros en los que el exceso de automatización provocó un efecto contrario: candidatos desmotivados, entrevistas impersonales y una desconexión preocupante con los valores de la empresa.

Prepararse para un futuro colaborativo

futuro colaborativoEl mensaje es claro: la inteligencia artificial no viene a sustituirnos, sino a potenciarnos. Para los equipos de recursos humanos, el reto está en integrar esta tecnología sin perder la humanidad que debe caracterizar todo proceso de selección.

En un mundo cada vez más dominado por la velocidad, la clave del éxito será encontrar el equilibrio entre lo rápido y lo profundo, entre lo automatizado y lo humano. Porque al final, contratar a la persona adecuada sigue siendo una de las decisiones más humanas que puede tomar una organización.